sábado, 13 de febrero de 2021

¡Vida, para que fuera eterna! Pedro J. Solís Matus –Abogado y Notario

La celebración del 1er. Centenario de la fecha en que Matagalpa fue elevada a Ciudad ha sido tal vez la fiesta más fabulosa de toda la historia de nuestra provinciana y festiva ciudad. Fueron días muy alegres, con derroche de música, ornamentaciones en las calles y júbilo de la gente. Las vías estaban tapizadas de papelillos que recibían gentiles el paso de los matagalpinos, y los festones de los más diversos colores se entrelazaban de casa a casa sobre las calles. La ciudad estaba radiante y el viento esparcía sus aires festivos y las puertas, ventanas y aleros de las casas estaban adornadas con la Bandera azul y blanco. Hasta la fachada de la Iglesia Catedral, siempre tan seria y solemne, dejaba su gravedad a un lado y mostraba a la ciudadanía y a sus feligreses su rostro más festivo con sus paredes recién pintadas, con el tañido de las campanas y la sonadera de las enormes matracas en su torre norte. Para esa efeméride los organizadores de las celebraciones no escatimaron dinero, tiempo, ni esfuerzos para convertir el aniversario de esta humilde villa, que, aunque ya cargaba sobre sus espaldas nada menos que un centenar de años, apenas empezaba a ingresar al reducido y selecto círculo de las ciudades modernas, al estilo de Nicaragua se entiende. Esto era, aumentar y mejorar el antiquísimo alumbrado público, dotar a la población de una fuente de agua potable que sustituyera el agua con sedimento que bebíamos sacándola de las “pajas” (grifos) y de acuerdo a la economía o costumbres de cada quien se almacenaban en tinajas de barro o en unos hermosos filtros blancos de porcelana con su llavecita para servir el agua, o también pavimentar las calles, o hacer más habitables los alrededores de la ciudad circundada por potreros repletos de garrapatas, caca de animales, malezas espesas que se mecían cuando el viento soplaba y cerros escarpados que impedían a los pobladores diseminarse por esos rumbos para construir sus viviendas. Corría el mes de febrero del año 1962 y como Alcalde presidía Paco Aráuz, pues así a secas lo llamaba la población. El ambiente era apoteósico y no creo que haya habido un sólo infante o adulto de esa época que no haya vibrado al ser partícipe de una de las fiestas más deslumbrantes y divertidas en su nativa y querida ciudad. Me atrevo a afirmar que si no todos, por lo menos la inmensa mayoría de los matagalpas y sus vecindades, disfrutamos las festividades sin distingos de ningún tipo, con exclusión de colores políticos o de extracción social, tomando los acontecimientos como todavía en esos días se tomaban el mundo y las cosas, es decir, como venían dados, sin mayores complicaciones. Así que a esa corta edad de 9 años, me imagino que los niños nos limitamos a disfrutar la algarabía y jubilosos acontecimientos que gratuitamente desfilaban ante nuestros ojos y además, a los matagalpas, según parece, nos encantaba – y nos encanta - el jolgorio, y más si el guaro y la chicha bruja corrían a raudales, como sucedió en esos días, en que más de algún parroquiano habrá pensado: ¡Vida, para que fuera eterna!.. Las amenas fiestas en fin, se prolongaron por 7 largos, interminables y deliciosos días como nunca se habían dado, ni jamás se repetirán en nuestra acogedora y en aquellos años fresca ciudad. Hubo fiestas toda la semana por las noches, con acreditadas orquestas y cantantes nacionales e internacionales a cuya cabeza figuraba la afamada Jazz Matagalpa, nuestra imponente orquesta local integrada por voces bien armonizadas, y trompetistas y flautistas tan consagrados como cualquier estrella de los tinglados internacionales. De las dos calles del centro, una se cerró para albergar el entarimado de las orquestas. Hubo sol en la ciudad, pero también hubo sol en el ánimo de los vecinos. Se abrieron las puertas de las casas, pero también se abrieron las puertas de los corazones. Algunos negocios a partir de las tardes hacían a un lado sus utilerías y abrían espacio para que la gente entrara a sentarse y bailar, pues las orquestas se diseminaron del Parque Morazán hasta el Parque Laborío, cuadra por cuadra.
Ahí, a mis nueve años, jaloneado por mi madre, di tímidamente mi primer baile, donde estaba la Funeraria la Católica, frente donde fue la agencia de La Nica, una línea aérea de ese tiempo que en mi niñez pensaba era de un señor bajito, calvo, que se asomaba a la puerta del negocio, con las manos por detrás, (bien amable y amistoso era el señor), y se ponía a acomodar de vez en cuando unos sacos tejidos con hilo rojo conteniendo cebollas de las amarillas y algunas veces le echaba un ojo bien serio a Chico Pancho Barberena, un músico popular, inofensivo, loco, medio ciego y pordiosero que se la pasaba sentado en la acera tocando su armónica y bailándole a todo el que pasaba a su lado. Ahí, enfrente en la Funeraria, el dueño Mito Ramírez, ya entradas las tardes empujaba los ataúdes al fondo de la sala y los amigos y gente cercana iniciaban el baile desde que sonaba la música. Estaría prohibido enfermarse o morirse en esos días, pues, ¿Qué médico, que funerario atendería a los enfermos y a los muertos si todo mundo andaba de parranda y nadando en la festividad y la alegría? ¡Hasta las terribles e imprevisibles parcas se habrán recetado un descanso en esas fechas ¡ Y las fiestas tuvieron su dúo de Reinas del Centenario, Edda Haslam (Eddita Haslam le decían), y la Reina Alejandra I, Desfilando en sus carrozas, cuando las esperábamos en la esquina frente al Teatro Perla, donde el Chinito Wong, vi pasar una rubia bonita, de ojos azules claros que sonreía a todo el mundo, en una carroza con orlas doradas, sentada en su trono apoyado en un inmenso espaldar. Y Alejandra I, típica campesina quien vestía un sencillo traje blanco de manta, blusa y falda hasta los tobillos con sus marcadas facciones indígenas como de cera, con una piel de intenso oscuro curtido por el sol y me pareció una mujer seria, imperturbable. Cuando ya no iba en su carroza se veía lo bajita que era, al caminar ágilmente en dirección al Común, una construcción semi derruida, de barro y caña fístula, en los alrededores del Parque Laborío, donde los indígenas se reunían cuando bajaban a las celebraciones, vistiendo sus camisas de manta, calzando unos caites rústicos hechos de una pieza de cuero o caucho, suela de llanta, se les decía, y sujetas por una correa de cuero.
Hubo exquisitez en esas fiestas y abundancia y variedad de diversiones, a diferencia de los relajos que se armaban en las fiestas patronales anuales en que abundaban los chinamos, el guaro y las sangrientas corridas de toros. No faltaron las carreras de cintas, los sorprendentes carros chocones que visitaban la ciudad por primera vez, los tiovivos, la gigantesca rueda Chicago (o Chicao como decimos), y los tiovivos o caballitos con su música quejumbrosa y nostálgica. Y el algodón de azúcar, rosado, dulce, esponjoso, suculento y que se veía tan grande para la boca de un niño, pero que terminaba disolviéndose con facilidad en ella. Los lupanares, que en esa época pululaban por toda la ciudad, pues los había hasta en el mero centro de la creciente villa, rebosaban de lúbricos parroquianos, borrachos pleitistas, y escandalosas y joviales mancebas que desde la calle se veía cómo se colgaban de los hombros de los visitantes al lado de la barra donde servían el guaro. En la Feria, que también se organizó, se exhibieron productos de nuestra incipiente industria moderna como las famosas candelas Llanes, que las había de todos los tamaños y algunas tan grandes como un niño pequeño. El Palacio Episcopal, frente a Catedral, abrió sus puertas de par en par para albergar un museo que hinchado y ufano exhibía la breve historia de nuestra entrañable, hospitalaria, amorosa y pequeña ciudad, sin faltar una nutrida galería de fotografías del pueblo, el quehacer cultural de sus artesanos, y los sonetos de los poetas cantando nuestras maravillas naturales y los pintores con sus pinturas alusivas a las celebraciones o pinturas bucólicas descansando en sus caballetes o colgando de las paredes. Y el gentío al igual que lo hacía en las calles cuando pasaban los desfiles de las dignísimas autoridades del pueblo y de la Nación, o para ver desfilar a las reinas o en las corridas de toros y las fiestas, se agolpaban y desbordaban en enormes tumultos y carreras.
En el segundo piso del Palacio Episcopal se mostraban nuestros infaltables trajes folklóricos y artesanías tendidas en el piso de madera o exhibiéndose en las paredes. La gente subía jadeante para ganar el mejor lugar, trepando unas escaleras de madera, sosteniéndose de los pasamanos que al igual que el piso de madera parecían a punto de derrumbarse de tanto peso y gente aglomerada. Ya estando arriba, el gentío se arremolinó y decían: ¡ Ahí viene, ahí viene ya ¡.¡Tocálo, tocálo!.Yo pensé que es que venía algún Santo en procesión cuando vi aquél remolino de gente que amenazaba con aplastarnos, pero el que entraba, seguido de una multitud, era un hombre gordo, de aspecto bonachón, literalmente enfundado en un “saco” o traje entero, formal, color blanco-crema, demasiado holgado para su figura rolliza, pues las mangas le llegaban casi a los nudillos. ¿Y quién es, abuelita? y mi abuela paterna que era la que me jalaba para todos lados! Es Luis Somoza, hijo, el Presidente ¡(Yo me sorprendí de aquél alboroto que se armó con la llegada de aquel señor, pues en esa época no entendía nada del sofoque de aquella gente sólo porque llegaba un hombre igual que ellos. (Ahora, en estos años, a mi edad, ya entiendo la cosa un poquito más cuando veo a la gente adulta sentada, formalita, moviendo el pescuezo en todo momento, como asintiéndolo todo, sonriendo sumisamente, aplaudiendo hasta el paroxismo, o que se desborda detrás de la persona que en su momento ocupa el mismo cargo de Luis Somoza). Ya al regresar a casa y como la otra cara de las fiestas, en una de las barandas de lo que era el Club de los Extranjeros, una mujer joven, guapa, con los brazos en jarras, le reclama muy molesta a un hombre muy parecido a Johnny Weissmuller, y quien apenas la escucha pues estaba a punto de caerse por el licor. De ahí en los siguientes días y a la vuelta del aburrimiento, sólo restó recordar nostálgico los jubilosos días recién pasados, días que creo nunca jamás se volverán a disfrutar en Matagalpa. Publicado en la Revista Vox Pópuli No. 71 del mes de Enero de 2010

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